ZZ…“un anticatalogo de ideas en torno al arte NO convencional… Porque un poco de locura no hace nunca daño”…ZZ

9.07.2013

SEIS DEDOS Y UN NAHUAL


SEIS DEDOS Y UN NAHUALFedosy Santaella

Maestro, hago uso para rasgadodeboca.
Salud y gracias.
FS


Cierto día, me encontraba sentado en la barra del hotel, cuando un hombre empezó a hablarme con un tono notoriamente agresivo. Yo estaba recién llegado a Caracas y en aquel entonces vivía en el Hotel Uslar en Montalbán Uno, cerca de la Universidad Católica; cosa que no estaba nada mal luego de que papá mi hubiera llevado en una gira preuniversitaria a un motel de Sabana Grande que era evidentemente un tiradero, a una horrífica pensión de estudiantes del tecnológico con cuatro camas literas en cada habitación, y a otra regentada por curas que más bien parecía un monasterio decadente para monjes con pasado delictivo.
Mi cara en cada uno de aquellos sitios debió ser tan elocuente que mi papá desistió de esas tres propuestas y finalmente terminamos en el Uslar. Se trataba de un hotel decente, tres estrellas, con una mostrador dorado que era el orgullo de la pequeña y pulcra recepción, un restaurante de comida internacional que se llenaba al mediodía, una terraza también con servicio de restaurante, y un barcito conformado por una barra de cuatro puestos y unos apartados con asientos bajos, acolchados y rojos. Yo era pues, un muchacho recién llegado del interior del país que vivía en la habitación de un hotel caraqueño, que había empezado a estudiar Letras y que apenas comenzaba a conocer a sus nuevos compañeros de clases. Todo un compendio de soledad juvenil, eso era yo. Pero claro, no estamos hablando de una soledad cualquiera.
Estamos hablando de una soledad literaria de estudiante de literatura, de poeta o escritor en ciernes; y esas soledades, en su momento, uno las sufre con gusto, con la hondura lírica de los dieciocho años.
Así que ahí me encontraba, subido sobre mi parapeto existencial de artista impostado, cuando el hombre que estaba junto a mí, una silla de por medio, comenzó a hablarme con cierta agresividad en la voz.
Era el único, a parte del barman, que me acompañaba en la barra. Si no me equivocaba, había llegado unos quince minutos antes, pero yo le había prestado escasa atención, pendiente más bien de unas damas con faldas cortísimas que estaban sentadas en los asientos del fondo. En mi fantasía, había imaginado que alguna de ellas, la más rica y apretada, se paraba y caminaba hacia mí moviendo la cintura cual modelo de pasarela, y que, una vez a mi lado, yo le invitaba un trago, y luego de dos o tres más le notificaba que tenía una habitación en aquel hotel. Ella no hacía más que sonreír y decirme vamos pues. Así como así, todo muy fácil, todo muy porno.
—Oye, muchachito, seguro que no sabes que Monte Albán es una zona zapoteca importantísima del México antiguo
—dijo entonces aquel hombre en el que apenas había reparado con una voz de lija, venenosa y llena de odio contenido. Tenía unos cincuenta años y era muy delgado, casi cadavérico. El poco cabello que le sobrevivía, lo llevaba peinado hacia atrás, pegado al cráneo con gomina. Vestía traje oscuro y llevaba corbata.
Estaba bebiendo lo que parecía ser un trago preparado con jugo de naranja. Más tarde sabría que era nada más que eso, jugo de naranja.
—No, no sabía
—dije un tanto cortado por la carga de hostilidad que había en su voz.
—¿Y sabes que los zapotecas creían en los nahuales?
—Los nahuales.
—Sí, seguro no sabes que vaina es esa.
—No, señor, pero me gustaría saber
—dije con calma, intentado concordia. Y de verdad no sabía, yo apenas empezaba la carrera y los jesuitas me llevaban por los caminos de Hesíodo y de sus titanes feroces.
—En la cultura zapoteca, cuando un niño nacía, la madre ponía ceniza en torno al sitio donde el niño iba a dormir.
¿Sabes por qué?
Negué con la cabeza.
—Porque por la noche aparecería el nahual del niño. Un animal que lo identificaría, que marcaría su vida y que bien podía protegerlo o condenarlo. Por las huellas en las cenizas la madre podía saber qué nahual era.
El viejo no dijo más. Yo guardé silencio por unos segundos, buscaba decir algo. El silencio se me antojaba una derrota. Una derrota de yo no sé qué pelea.
—¿Y usted cómo sabe todas esas cosas?
—se me ocurrió decir
—. ¿Es usted mexicano?
El viejo soltó una carcajada fea y se le quedó viendo al barman con ojos brillantes.
El barman no cambió la expresión de su rostro. Cual árbitro, se limitaba a observarnos.
—Los hombres de antes sabíamos de todo. No como los de ahora. Son todos unos idiotas. En realidad, los jóvenes de hoy son idiotas.
Yo tenía dieciocho años, así que parte del asunto, o todo el asunto, iba conmigo. Pero seguí callado, creo que más por temor y por timidez que por convicción Zen.
—¿Tú sabes cuál es tu nahual?
¿Has dejado las cenizas de tu vida en el piso para ver sus huellas?
—soltó de pronto el viejo.
—No señor, no soy zapoteca
—dije con cierta ligereza afable, intentando una aproximación humorística que me sacara de aquella trinchera.
—Pero vives en Montalbán
—replicó el viejo sin ceder un centímetro.Me moví inquieto en la silla. Comenzaba a desesperarme.
“Montalbán, no Monte Albán”, quise aclarar, pero nada dije.
—Yo sí sé cuál es mi nahual —continuó el viejo. Luego, dirigiéndose al barman, espetó
—: Es verdad, los carajitos de hoy en día no saben un carajo. Son unos idiotas.
Yo aproveché para detallar al viejo mientras aún miraba al barman.
Me fijé entonces que había algo extraño en la mano que sujetaba el vaso. Tardé unos segundos en cuadrar el foco mental.
Es decir, desde el primer momento en que le eché el vistazo lo vi, pero mi cabeza no logró meterlo dentro de sus patrones sino pasados unos segundos. Junto al meñique, en el espacio que podríamos llamar el canto de la palma de la mano, había algo que sobresalía, algo más pequeño que el meñique mismo. Parecía faltarle una de las falanges y apenas tenía un mordisco de uña, pero no cabía duda de que era un dedo. Otro dedo.
—Sí, tengo seis
—dijo el viejo mostrándome la mano cuando se dio cuenta que la había estado observando
—Tengo seis dedos y mi nahual es una bestia deforme y fea.Evitando su mirada encendida, giré la cabeza.
—A lo mejor tú también tienes seis dedos, pero todavía no lo sabes
—continuó
—O puede que no, puede que seas un idiota normal y corriente, y no te mereces tener seis dedos ni mucho menos un nahual.
—Oiga, señor, disculpe, pero yo no le he faltado el respeto
—me atreví a decir.
—Disculpa nada
—dijo el viejo
—No has vivido ni la mitad de tu vida, ni siquiera sabes cuál es tu nahual, y estás ahí sentadote, bebiéndote una cerveza como si fueras la gran cosota.
—Por favor, señor…
—¿Sabías que Montalbán se llama así por Monte Albán?
Ya lo dije, yo era apenas un muchacho que estaba empezando a estudiar mi carrera, pero tampoco me consideraba un ignorante absoluto, y me puse a pensar que posiblemente había un Montalbán o un Monte Albán en España, como muchos de esos nombres que tienen que ver con el continente americano. Pero callé y miré hacia las botellas que estaban en la pared.
—No sabes un coño
—cerró viejo entre dientes.
—Fernando
—dijo entonces el barman.
—No sabes un coño y nunca lo sabrás
—siguió diciéndome el viejo.
—Señor Fernando
—dijo el barman.
—¿Qué, chico?
—gruñó por fin Fernando el de los seis dedos, como saliendo del trance del odio en que se había sumido.
—Voy a tener que pedirle que se vaya
—dijo el barman con voz firme.
Fernando el de los seis dedos hizo silencio y se le quedó viendo, disminuido, de pronto triste, acabado. Lo vi tragar fuerte.
—Otra vez
—dijo el viejo con voz quebrada.
—Otra vez, señor Fernando
—dijo el barman más condescendiente.
El viejo bajó la mirada, apretó el vaso con más fuerza y se lo llevó a la boca. Se bebió todo el contenido de un tirón, dejó el vaso sobre la barra y me miró.
—Todos los carajitos de ahora son idiotas
—dijo y se quedó ahí, como apagado.
El barman se movió hacia el viejo y se plantó ante él desde el otro lado de la barra.
—Fernando, lo siento pero se va tener que ir.
—Sí, está bien
—dijo el viejo, acto seguido se bajó de la silla alta y se fue.Pasaron unos segundos de silencio, entonces el barman me miró y dijo:
—El pobre viejo anda como loco porque tiene prohibido beber.
—Se acercó un poco más, como para que lo que fuese a decir quedara entre nosotros.
—Sus familiares han venido hasta acá. Sus hijos, su esposa. Me han pedido que no le sirva caña, y te juro que yo no le sirvo. Pero igual sigue viniendo. Se escapa de su casa o del trabajo.
Se escapa y viene a pedir jugos de naranja. Yo creo que se hace a la idea que se está bebiendo un destornillador.
También me ha pedido jugos de mora. Pero de eso no tengo.
—Jugos de mora.
—Sí, yo creo que quiere beber jugos de mora porque el jugo de mora tiene cierto regusto a whisky.
—Para hacerse a la idea también.
—Sí, ¿qué tal?
El barman me escrutó a los ojos. Parecía estar disfrutando del cuento.
También me dio la sensación de que había tomado el lugar del viejo y que, al contarme todo aquello, me atacaba y me intimidaba de un modo más sutil y maléfico.
—Le prohibieron un poco de vainas
—continuó
—. No puede ni siquiera usar colonia.
—¿Y eso? —alcancé a decir con un hilo de voz.
—Se la bebe.
—¿Se la bebe?
—Porque tiene alcohol.
No quería seguir con aquella conversación. Había algo en ella que no me gustaba.
Así que no hablé.
—Ese viejo es un bicho raro —dijo el barman.
“Un bicho raro con seis dedos”, pensé, y luego le pedí otra cerveza al barman y me quedé pensando en cuál sería mi nahual, sin dejar de verme la mano, los dedos de la mano.

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